El trabajo y el reposo
El año termina, el año comienza. He aquí, pues, la hora de rejuvenecer: ¡Adveniat regnum tuum! Rejuveneceremos al son de las campanas que cantan el curso del tiempo, si seguimos la estrella que vieron los Reyes Magos. Rejuveneceremos, si dejamos a un lado las cosas pequeñas, que son siempre viejas, para vivir en lo Inmenso; si acercamos la ciencia y el arte a la belleza eterna, que es la eterna juventud: ad Deum qui laetificat juventutem meam.
Rejuveneceréis, vosotros todos que os quejáis del tiempo, a la vez pesado y veloz para vosotros, el día en que queráis servir a los intereses de la Verdad sobre la tierra y combatir por ella. Rejuveneceremos todos, si obtenemos de Dios y de nosotros mismos dos cosas que le pido y que Él me pide: «el trabajo y el reposo».
Trabajar es cosa sencilla, pero descansar, he ahí lo difícil. Estamos hambrientos de trabajo; pero el reposo exige un esfuerzo. El hombre trabaja sin descanso cuando actúa contando sólo consigo mismo; trabaja y descansa cuando actúa contando primero con Dios.
Sin mí no podéis hacer nada, dijo Jesucristo.
¿Quién de nosotros puede procurarse, por sus propias fuerzas, un solo minuto de vida? Si el hombre quisiera inquietarse, tendría que inquietarse por todo, pues todo le amenaza con la superioridad de una fuerza aplastante que pesa sobre un junco. El aire que respira puede envenenarle. Dios le sostiene por un hilo, suspendido sobre el abismo. Si el hombre concibe un proyecto, ese proyecto exige, para realizarse, un cierto número de movimientos materiales y morales en una multitud de seres que no dependen de él. Se debe determinar. Es preciso que el mundo exterior le preste una complicidad que él es incapaz de procurarse por sí mismo. Tanto valdría confiar en la fuerza de su dedo meñique para empujar los planetas en el espacio, como emprender una obra apoyándose en sí mismo, como luchar con sus solas fuerzas contra la naturaleza y la humanidad. Pero, ¡cosa maravillosa! la acción del hombre, incluso su pasión, puede unirse a la acción de Aquel que Es. Todo acto humano, por impotente que sea, pierde su impotencia si se une al acto de la Redención. Dios nos concede y nos manda aceptar la gloria fecunda de una actividad que Él une a la suya. Obramos con Él, y nuestro trabajo reposa en Él.
¿Quién de nosotros puede medir la inmensidad de su acción?
Habría que seguir los ecos múltiples de nuestros actos y poder oír los ecos de nuestras plegarias.
No somos capaces de medirnos a nosotros mismos.
Hay, para el hombre, dos cosas —entre otras— que son incomprensibles: su potencia: Todo lo puedo en aquel que me fortalece; su impotencia: Sin mí no podéis hacer nada.
El Oriente caído ha olvidado la potencia del hombre; de ahí proviene la fatalidad, que olvida el acto humano.
El Occidente caído ha olvidado la potencia de Dios y la impotencia del hombre aislado; de ahí provienen el orgullo y la inquietud, que olvidan el acto divino.
Estos dos vicios engendran la indiferencia, que es la negación práctica.
La verdad engendra la humildad, que se opone al vicio occidental, al orgullo inquieto; y la actividad, que se opone al vicio oriental, a la pereza fatalista.
La verdad engendra a la vez el trabajo —virtud propia de Occidente— y el reposo —virtud propia de Oriente—.
Volcada hacia Oriente, la vida occidental, Roma ha proclamado la Inmaculada Concepción de aquella que respondió ¡Fiat! al ángel Gabriel: de aquella a quien la Iglesia llama Puerta oriental. Santa María, Madre de Dios, ¡rogad por los dos hemisferios!