Ernest Hello en Español



El respeto humano

El sentimiento más extraño que pueda experimentar cualquier ser es el desprecio del bien y el respeto del mal. Este sentimiento existe; se le ha dado un nombre tan absurdo como la cosa misma, un nombre insensato, que no significa nada, y que con razón no significa nada, puesto que expresa la nada: ese nombre es el «respeto humano.»

¡Cosa admirable! Desde que el sentido común ha sido trastornado en su raíz y amenazado incluso en sus ruinas, las lenguas humanas albergan absurdos espantosos. El sentimiento del que hablo, por ser el contrasentido más radical que la mente de Satanás pueda concebir, ha requerido una expresión delirante, que sólo puede tener algún sentido en una casa de locos.

A menudo me imagino un genio viajero, un ser superior al hombre e ignorante del hombre, al que me encargaran de enseñar lo que sucede en la tierra. Me imagino un espíritu venido del cielo y que entrara en contacto con este mundo inferior; lo veo caer en éxtasis de estupor cuando le contara cosas que a nosotros nos parecen simples.

«Tú sabes mejor que yo —le diría— lo que es la verdad, lo que es la belleza. Yo sé, sin embargo, lo suficiente como para comprender que, si supiera más, moriría de admiración. Me fundiría como cera ante la esencia del fuego; y por eso aún no veo todo lo que un día veré. Pero escucha, oh maestro mío y discípulo mío, esto que tú no sabes, y que yo te enseño:

»Aquel que Es, aquel cuyo Nombre sólo puede pronunciarse en adoración, aquel ante quien los serafines velados y tímidos apenas baten sus alas temblorosas, adivina qué sentimiento experimentan muchos hombres al encontrarse frente a Él. ¡Adivina! Piensas en el temor, piensas en el amor. No aciertas. Oh maestro mío y discípulo mío, frente al Dios de gloria, sienten vergüenza.»

Me haría repetir, el Arcángel viajero; no comprendería; me diría:

«—¿Cuál de los dos está enloqueciendo?» Yo me agotaría en explicaciones. Le diría:

«—Sí, Monseñor, los hombres están orgullosos de ignorar la Verdad, el Ser, la Belleza; los desprecian y se glorían en su desprecio. Si alguien prefiere este infinito que yo espero, este infinito del que vos estáis impregnado y rebosante, si alguien lo prefiere a un montón de inmundicias, se le dice: Ocúltate, no confieses tu preferencia, porque vamos a burlarnos de ti.

»En cuanto a aquellos que han preferido el montón de inmundicias, no se limitan a revolcarse en él, lo cual aún sería comprensible, sino que lo hacen con orgullo, y desprecian —pisoteando en el fango, buscando parecerse a los monos— a quienes buscan, en la montaña, parecerse a Dios. Incluso se ha inventado que era hermoso apartarse de la verdad. Vos no comprendéis, Monseñor, ni yo tampoco. Se ha inventado que los vicios, los crímenes cuya forma ideal —si se nos apareciera— no podríamos soportar sin morir fulminados de horror, eran BELLOS; y que la conformidad real y espléndida del alma creada con el Ser de Dios, ese incienso que se eleva al trono de Dios, más puro y más fuerte que el de las rosas de la tierra, ese diamante del cielo que es fuego y perfume, los hombres se han dicho entre ellos que esas cosas eran mezquinas, minúsculas, feas, y que aquellos cuyo espíritu era lo bastante bajo como para preferirlas a los adulterios gloriosos que los romances divinizan, debían al menos esconderse.»

Hablaría largo rato, y cuanto más inteligente fuera mi celeste interlocutor, menos comprendería, porque la inteligencia comprende el Ser, y la ininteligencia comprende la Nada. Fue al tocar la ciencia del mal cuando el hombre desaprendió todo lo que ha desaprendido, el día en que Satanás le engañó. La ininteligencia comprende la Nada… Esta última palabra da la clave de las cosas de este mundo; explica las reputaciones humanas. Muchos hombres serán demasiado bajos para comprenderla todavía; otros, que estén a su nivel, ya la comprenderán.

Pero tal vez el genio viajero, estando por encima de ella, ya no la comprendería. Y yo, que tanto he sufrido en mi vida al ver que las cosas de la inteligencia no eran comprendidas por seres demasiado inferiores a ellas, gozaría al ver que las cosas de la ininteligencia no son comprendidas por un ser demasiado superior a ellas. Y si llegara a pronunciar delante de él el nombre de esa cosa que no debería tener nombre, si dijera: «Los hombres llaman respeto a este inexplicable y universal desprecio de todo lo que es», la conversación sin duda terminaría. Vería al Espíritu viajero desplegar sus alas de diamante, ligeras y abrasadoras; fatigado del absurdo, alzaría el vuelo para ir a descansar; creyendo que se trataba de una broma a la que yo me obstinaría en negarle el sentido, iría a buscar, en las regiones superiores, cosas claras, cosas simples, cosas inteligibles…