Prefacio del autor
Para un libro, como para una Sociedad, como para una familia, como para un mundo, y como para el Arte, existen dos clases de Unidad: la Unidad orgánica y la Unidad mecánica.
La unidad mecánica resulta, como en la tragedia clásica, de ciertas reglas observadas o eludidas, de ciertas reglas ficticias, en medio de las cuales el autor se debate, medio rebelde, medio sometido, hasta que acaba por concluir con ellas una paz vergonzosa.
Si me hubiese aferrado a esa unidad, habría hecho pasar a los artículos, tan diversos y tan semejantes, que componen este volumen, por un trabajo de retoque. Esa palabra miserable designa un trabajo tan miserable como ella, mediante el cual se intenta ejercer el arte afortunado de las transiciones. La palabra afortunado, en esta frase, debe escribirse sin mayúscula.
La unidad que resulta del trabajo de retoque es la unidad mecánica, la que pega entre sí fragmentos yuxtapuestos. Las colecciones que la unidad mecánica agrupa parecen sostenerse… y no se sostienen.
Muy al contrario, las partes de un todo que la Unidad orgánica vivifica y consagra, se sostienen de verdad. Pero, a veces, no parece que se sostengan.
Los trabajos que componen este volumen van todos hacia un mismo fin, por caminos distintos. Inspirados por un mismo soplo, no tienen más que seguir ese soplo para llegar a su lugar, y a ese soplo es a quien los abandono. Ese lugar es la Unidad: la Unidad que es el sello de lo Verdadero, de lo Bello y de lo Bueno, impreso sobre cada brizna de hierba y sobre cada esfera celeste.
El Cristianismo habla sin cesar de la Unidad, y el epíteto Unam es uno de los que la Iglesia se da a sí misma en el Credo. Y notad, de paso, que la Iglesia no proclama solamente su Unidad, sino que la canta, porque la Unidad es el carácter de la Ley y el carácter de la Gloria. La Unidad verdadera y viviente tiene derecho al canto y al clamor, pues es el latido mismo del corazón.
La Unidad es, pues, en el fondo —si no en la forma— el tema de esta obra.
Este libro es uno en esencia, y diverso por accidente. Su Unidad consiste en presentar en todas partes las aplicaciones de la misma Verdad, y en seguir, en la Vida, en la Ciencia y en el Arte, sus reflejos y sus símbolos. He querido mostrar la Vida, la Ciencia y el Arte como tres espejos donde se refleja el mismo rostro, como tres ramas del mismo árbol, como tres artículos de una misma ley.
Unidad en el orden natural.
Unidad en el orden sobrenatural.
Esta obra, cuya esencia es la Unidad orgánica —que es su principio, su centro y su fin—, no he querido comprometerla con un intento de unidad falsa. Teniendo la Unidad real, no he querido sacrificarla a la unidad aparente. Despreciando el mecanicismo, he intentado colocar la Vida, la Ciencia y el Arte bajo el rayo de la Unidad orgánica. Espero ser comprendido por todos los espíritus elevados.
Una palabra más, no sobre este libro en sí mismo, sino sobre las circunstancias en que lo publico.
En la hora en que hablo, hay algo de extraño y de terrible en hablar. Entre el momento en que escribo y el momento en que leáis, ¿qué habrá sucedido? El secreto de Dios se halla entre mi pluma y vuestros ojos. El destino de este libro dependerá de los acontecimientos que el porvenir guarda. La nube que lleva el Rayo es tan secreta como terrible. Lo que encierra está bien guardado. La situación actual del mundo es un misterio. En la vecindad de ese misterio, me asombra el hecho mismo de hablar. Cuando el peso del aire, los torbellinos del polvo, el color del cielo y de la tierra —ese color particular que precede a la tormenta— se hacen presentes, se impone un cierto silencio no sólo sobre los hombres, sino también sobre los animales; iba a decir, incluso sobre las plantas. Diríase que la savia circula más silenciosamente bajo la corteza de los robles amenazados, y que los pájaros ya no se atreven a dejar oír su voz leve. Una cierta oscuridad oprime sus pequeños corazones.
Sin embargo, en las bodas de Caná, en el momento en que la Omnipotencia iba a obrar con la independencia de su soberanía, los sirvientes vertieron en las urnas aquella agua célebre que había sido elegida para convertirse, en breve, en vino. Los sirvientes hicieron una cosa pequeña, al verter el agua. Pero hicieron una cosa grande, al aportar el concurso natural del hombre y preparar lo que iba a hacer Jesucristo.
Y cuando Lázaro estaba en el sepulcro, los hombres tuvieron también que quitar la piedra que cerraba la entrada de su tumba.
Esa piedra retirada era poca cosa en sí misma. Pero era mucho, porque representaba el acto humano: un acto que no podía resucitar al muerto, pero que sí podía quitar la piedra.
La Palabra es un acto. Por eso intento hablar.