Ernest Hello en Español



Las asociaciones de ideas

Hay mentiras expresadas que recorren el mundo, mentiras completas en su formulación; pero hay también mentiras que dejan lugar a la insinuación, mentiras inconscientes que se deslizan en el mundo a través de la conversación, de la lectura, del hábito de eso que se llama la vida y que no es, en realidad, sino la muerte. Esas son las mentiras que dominan el mundo; consisten en una falsa asociación de ideas.

Un hombre rara vez se guía por los razonamientos —buenos o malos— que sabe hacer; esos razonamientos suelen quedarse en él en estado de fórmula; pero la fuerza viva por la cual se rige, son las asociaciones de ideas, razonamientos inconscientes y soberanos en virtud de los cuales una idea llama a otra en nuestro espíritu.

Las asociaciones de ideas (hablo de las asociaciones involuntarias, rápidas, inconscientes, inevitables) no gobiernan lo que se llama el intelecto puro, sino la imaginación, potencia terrible que habita en el orden de la vida o en el orden de la muerte.

Evoquemos en nosotros a las personas y a las cosas que hemos conocido: veremos que, muy a menudo, la forma que han tomado en nuestro pensamiento no ha sido trazada por el razonamiento, sino por la imaginación. Interroguemos nuestros recuerdos. Nos confesarán que la justicia no preside su duración: tal hombre pudo haber obrado mal y nos ha dejado de él una imagen hermosa; tal otro pudo haber obrado bien, y lo hemos olvidado.

Es la imaginación el asiento de este desorden. Estás acostumbrado a creer que el crimen puede ser una marca de grandeza, que hay mentiras sublimes, y que la práctica del bien es algo insulso.

Si no se te enseñan estas cosas de manera explícita, al menos se te infiltran; no se dirigen a tu razón, sino que se proponen —en las novelas y en los melodramas— a tu imaginación, que las acepta.

El poder que tiene sobre nosotros la imaginación sobrepasa con mucho todo lo que de ella se pueda pensar o decir. Cierto hombre, arrastrado por una pasión terrible y, en apariencia, profunda, duradera, inmortal, resiste todos los consejos de sus amigos, las súplicas de su familia, todas las lágrimas, todas las amenazas: y sin embargo, podrá despertar de pronto de su ensueño por la más fútil de las circunstancias, por una palabra, un gesto, una asociación de ideas, un recuerdo, una broma, o el simple sentimiento del ridículo. Es que su imaginación, encendida por los combates serios que se han librado en ella, habrá sido apagada de improviso por un soplo ligero venido de no se sabe dónde, y que ha pasado.

Si afirmas doctrinalmente a un joven que es hermoso cometer un crimen, no te creerá. Pero si le presentas, en muchos melodramas, criminales sublimes y hombres honestos sin relieve, ese joven acabará por habituarse a pensar que, para ser grande, hay que haber hecho mucho mal en la vida.


El lenguaje humano, siempre cómplice de todo, posee expresiones que testimonian contra el hombre de un modo terrible. Cuando un joven ha cometido, en su camino, muchas tonterías, ha perdido mucho tiempo, tiene deudas, es necio, mediocre, inútil y está aburrido, ¿se dice que ha vivido mucho?

Habría que decir que ha muerto mucho. Lo que ha hecho, no es nada: no ha hecho nada. Ha dejado fermentar la nada; la nada ha prodigado la nada; vino el tedio, y eso fue todo.

La nada es una raíz que da por flor el tedio, y por fruto la desesperación.

La desesperación es el tedio llegado a madurez: por eso, los que han vivido mucho terminan con gusto ahorcándose; y los ahorcados hallan imitadores. El ahorcamiento se vuelve una costumbre, una contagio; nada de todo esto es extraño: es la nada que sigue su curso.

¿De dónde ha nacido, pues, esa expresión: Ha vivido mucho?

Ha nacido de una falsa asociación de ideas. Ha nacido de una mentira latente. No ha nacido en la razón, sino en la imaginación, que ha tomado la costumbre de asociar la imagen de la vida con la imagen del desorden.

La imaginación ha perdido la costumbre de unir la idea de la belleza con la idea del bien.

Quisiera detener la atención sobre este hecho. Es capital, inmenso, casi universal, a la vez fulgurante y oculto. La imaginación ha perdido la costumbre de unir la idea de la belleza con la del bien.

Y cuando esta costumbre se pierde, ocurre lo que vemos. Cuando esta costumbre se pierde, los hombres creen que la belleza y la pureza no se encuentran en las mismas regiones, y que hay que elegir entre ellas.

La imaginación arrastra entonces a ese hombre —ya engañado— hacia el lado del esplendor, y en el fondo del abismo encuentra el hastío que lo esperaba.


Al mundo interior de la imaginación le corresponde el mundo exterior del arte. El arte es una de las fuerzas que han corrompido la imaginación, porque el arte ha dicho que el mal era bello.

El arte debe ser una de las fuerzas que curen la imaginación; debe decir que el mal es feo.

El arte ha perdido completamente la cabeza. Después de haber buscado sus modelos en las regiones de la sombra, después de haber olvidado que el sol es su patria, después de haber intentado la apoteosis del mal, después de haber celebrado con su voz deshonrada el suicidio y el adulterio, después de haber querido separar la verdad de la belleza, se ha vuelto contra la belleza. Habiendo atacado la verdad, que es su raíz, ha atacado la belleza. Se ha herido en el corazón y ha querido acabar consigo mismo. Habiendo persuadido a los hombres de que el desorden —es decir, lo falso— constituía la belleza, ha exclamado, en la lógica de su delirio: ¡Lo bello es lo feo!

Conviene estudiar esta lógica del delirio. Hay que seguirla paso a paso. Si el hombre hubiera asociado siempre en su espíritu lo Bello con lo Bueno, lo Bello habría permanecido como Bello, lo Bueno habría permanecido como Bueno; el hombre, permaneciendo fiel a uno, habría sentido que permanecía fiel al otro. Pero el hombre ha dicho, ha permitido a los escritores decirle, que los modelos de lo Bello debían encontrarse allí donde ya no estaba el bien, en los crímenes audaces, en los escándalos fulgurantes; que el desorden y el genio eran una sola y misma cosa. El hombre, entonces, habiendo pensado que la idea de lo bello y la idea de lo bueno eran dos ideas contradictorias, ha terminado por pensar que la idea de lo bello era contradictoria consigo misma, y ha acabado por decir: ¡Lo bello es lo feo! ¡Magnífico homenaje rendido a la unidad por aquellos que han perdido la noción de ella! Nos han probado que la idea de lo bello, cuando ya no está asociada a la idea del orden, de la verdad, del bien, se niega a sí misma y deja de reconocerse. Nos han probado que cuando el hombre quiere poner su mano sobre la belleza desligada del orden, asociada al desorden, la belleza que quería asir huye con huida eterna; el objeto vacila, y el fantasma helado de la fealdad queda en la mano del hombre engañado.

El mal y lo feo son tan necesariamente idénticos, que se buscan por doquier; aspiran a confundirse, y el hombre que empezó creyendo que lo bello es el mal acaba por decir: ¡Lo bello es lo feo! La fuerza de las cosas arrastra su palabra y la obliga a proclamar, al sustituir una palabra por otra, una sinonimia que no sospechaba, una identidad que ignoraba.

Durante algún tiempo, la falsa asociación de ideas produce contradicciones que no se atreven a proclamarse. Luego, en un momento dado, cuando el error ha madurado, la palabra estalla y la absurdidad se traiciona al nombrarse.


¿No han querido acaso decirnos —y hacérnoslo creer— que la serenidad se parece a la muerte, y que el desasosiego es el sello de la vida? Era la debilidad la que hablaba así, para hacer creer que estaba viva. Al no poder curar su fiebre, acabó por adorarla: la mostró al mundo, diciendo: ¡He aquí la vida! Y el mundo escuchó; y aquellos que no tenían la fiebre imitaron la fiebre, creyendo imitar así el ardor. Habían olvidado cuán fríos son los escalofríos.

El Arte griego ignoró esta clase de locura. Toda su belleza reside en el reposo. Pero no es el reposo que concluye, el reposo definitivo, el reposo del desenlace; no es el reposo de aquel que ha conocido la cólera y la ha abjurado: es el reposo de quien todavía no ha sentido cólera.

El arte tiene por rasgo preparar la armonía —que aún no está hecha— presentándonos la imagen en un espejo. Combina por anticipado los elementos que, en la vida, están aún en lucha y buscan combinarse. Mientras la vida, extraviada y jadeante, está todavía en trabajo de parto de la belleza que persigue sin alcanzarla, el arte, para guiarla y sostenerla, extrae de ella el elemento de esplendor que contiene, y le muestra su porvenir y su ideal. Por eso es evidente que el carácter esencial del arte es la serenidad, es el reposo: la conquista cumplida, la batalla ganada, la paz presentida y proclamada en medio de la guerra.

Por eso las voces engañosas no cesan de repetir que el artista es —y debe ser— el juguete de todas las agitaciones, de todos los errores, de todas las violencias. Ese personajillo llamado Horacio, a quien se ha calificado de poeta y de juerguista, probablemente porque ignoraba tanto la poesía como la vida, ¿no ha dicho en alguna parte: Genus irritabile vatum? Mal chiste, que para ser comprendido debe traducirse así: la raza irritable de los profetas.

El Arte, para hallar la calma, necesita reencontrar la elevación y la hondura. La espuma está siempre en movimiento: agitada, arrastrada, furiosa; pero la espuma no es el Océano. El mar es profundo: he ahí el secreto de su majestad. Por grande que sea, si no fuera profundo, no sería sublime. Si la mirada puede posarse largo tiempo sobre él sin fatiga, es porque adivina, bajo las olas que ve, aquellas que no ve. Adivina que el Océano tiene una profundidad digna de su grandeza. Por eso reposa. Pero la superficie del mar, ella sola, lo agitaría. Todas las superficies están turbias; sólo las profundidades poseen, contienen y otorgan el reposo.

Santa potencia extraviada, hija de la gran casa, que buscaste tu vida lejos del Padre de familia, y no la hallaste; tú, que compartiste también el alimento de los cerdos; tú, cuya mediocridad se atreve a hablar con ligereza, y que, sin embargo, llevas el nombre de Arte, infiel, ¿cuándo te convertirás?

Recuerda que Lutero te cerró la puerta, y que el Padre de familia te dio asilo al pie de los altares. Dios te recibe en sus templos; se te permite orar.

El protestantismo ha abandonado la imaginación del hombre. No permitió que el Dios redentor se apoderara de ella. Ha olvidado que el Dios creador hizo las puestas de sol y encargó a las noches resplandecientes decir al hombre una palabra de su esplendor.

El siglo de la mentira, el siglo XVIII —pues hay que llamarlo por su nombre— ejerció sobre el mundo una influencia difícil de explicar. Las obras que nos legó para leer son prodigios de necedad. Ante ese delirio frío que se volvió sangriento, ante esas locuras tibias y aburridas, uno se pregunta cómo tales cosas pudieron volverse contagiosas.

Se volvieron contagiosas porque provocaron ciertas asociaciones de ideas. El siglo XVIII persuadió a los hombres —no razonando, sino asociando mal las ideas— de que la ciencia y la religión eran contradictorias; de que, para conservar la Fe, era necesario el desconocimiento. Esta cosa —cuyo nombre ignoro, y que, incluso, no puede tener nombre—, esta no-idea, esta cantidad negativa, se introdujo en los dominios de la imaginación y los envenenó. Entonces, dueño del terreno, el siglo XVIII hizo creer que Dios no es el Padre de toda criatura; que sus consejos son buenos, pero tediosos y fríos; que, cuando uno arde de fervor, el mal es lo que conviene hacer. En una palabra, el hombre —o al menos la imaginación humana— acabó por pensar que Satanás es el Acto puro.

Ya lo he dicho, pero lo repito y lo repetiré.

Cuando digo que el siglo XVIII asoció falsamente las ideas, creo que le hago demasiado honor. La verdad es que no las asoció de ningún modo. Había perdido hasta la noción de unidad. Hizo el vacío en el mundo intelectual. Consideró que la respiración era una esclavitud, un prejuicio; aplicó al mundo una máquina neumática: dejó a los pájaros, liberados del aire, muertos de asfixia. Pero el vacío no puede durar. Al final, los desiertos se pueblan, y se poblaron de monstruos. Cuando el siglo XVIII murió —asfixiado en el vacío, en la sangre, en el fango—, se diría que el aire del mundo intelectual, contaminado por él, necesitó reposar un tiempo para volver a ser respirable.

Durante un tiempo, las ideas que él había separado por la fuerza no pudieron reunirse. El siglo XIX las chocó unas contra otras al azar, sin reconocerlas. Las voces que habían aullado durante la orgía pronunciaron los nombres de ciencia y de religión sin saber lo que esos nombres significaban, y los pronunciaron como nombres enemigos. El siglo XIX necesita respirar algún tiempo a plena luz del día antes de olvidar esos gritos confusos.

El siglo XVIII, al morir, nos legó por testamento el hábito de asociar la idea de un soñador con la de un hombre que cree en lo invisible y cuenta con ello.

No advirtió que la idea del soñador debería asociarse con la idea de ilusión, y que la ilusión es patrimonio del hombre que niega lo invisible. Confundirse, ser engañado, es no creer más que en lo que se ve. La ilusión consiste en tomar los fantasmas por realidades, y las realidades por fantasmas.

El soñador es aquel que nunca despierta, que jamás se vuelve hacia la luz increada, que habita siempre y únicamente el país de la sombra; y, sin embargo, el lenguaje humano —engañado y engañador— llama soñador, sobre todo desde hace cien años, al hombre despierto que ve y que sabe.

Si el siglo XIX llega a despertar, si las ideas que se sostienen naturalmente entre sí se reconcilian en su espíritu y en su lengua, ¿no es posible esperar que el hombre, acercado a la Unidad, se acerque también a sí mismo, y que la vida humana, como la ciencia humana, dé algunos pasos hacia la paz?